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La negociación de un futuro tratado de libre comercio entre la Unión Europea y EEUU ha hecho sonar las alarmas de agricultores, ecologistas y grupos de consumidores preocupados por el futuro del sector alimentario en la Unión una vez comenzaran las importaciones masivas de productos norteamericanos, sobre todo en lo que concierne al capítulo de lo que en Francia denominan malbouffe, carne de vacuno con hormonas.

El nuevo acuerdo comercial, cuya negociación comenzó este verano y debería finalizar en 2015, marcaría las reglas del juego del tratado de libre comercio más ambiciosos planteado entre los Estados miembros y un país extracomunitario, un tratado que regiría las transacciones comerciales en una zona con más 800 millones de consumidores.

Sin embargo, mientras multinacionales europeas y estadounidenses ven en esta maniobra burocrática una oportunidad de negocio sin parangones, consumidores y pequeños productores europeos, sobre todo del sector alimentario, se ponen en lo peor, su temor radica en que ese nuevo acuerdo comercial entre ambas potencias podría dejar la puerta abierta a la entrada de productos cuya calidad no está garantizada, como tampoco lo estaría la seguridad alimentaria del consumidor ni la competencia leal entre productores, ¿seguiría la UE vetando la importación de ganado tratado con hormonas del crecimiento como ha hecho hasta ahora o daría luz verde a la comercialización en nuestros supermercados de este tipo de carne?

Desde 1988, la UE y EEUU protagonizan una auténtica guerra comercial en este sentido, la primera frena la entrada de alimentos tratados con hormonas prohibidas en sus propios Estados miembros y la segunda se toma la revancha aplicando fuertes penalizaciones tarifarias (amparadas por la OMC) a productos europeos como por ejemplo, el queso francés, un conflicto que dura ya 25 años y al cual la Comisión quiere poner fin como ya hiciera con Canadá hace escasos meses  a través de un nuevo acuerdo económico y comercial global con este país.

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El problema radica en que la negociación con EEUU podría pasar por levantar ciertas restricciones muy perjudiciales para los productores de carne europeos, sin mencionar las consecuencias sociosanitarias.

La sombra de potencias emergentes como China, Brasil o la India y la necesidad de los gobiernos europeos y estadounidense de ofrecer a su empresariado nuevos mercados a menor coste hacen que ambas partes se apresuren en la toma de decisiones al respecto, mientras tanto, las Pymes piden que si entran competidores, lo hagan en igualdad de condiciones y acatando las mismas normas europeas que ellos han de cumplir.

El acuerdo, que debería ser aprobado por el Parlamento Europeo, cuenta con fuertes detractores, sobre todo entre ciertos eurodiputados franceses que ya han expresado su voluntad de decir ‘no’ al nuevo tratado si no se llega a un acuerdo de mínimos como ha ocurrido con Canadá.

En el lado opuesto encontramos al potente lobby agrícola estadounidense, a cuya cabeza se encuentran potentes grupos empresariales como Monsanto, que desde hace años alimenta la idea de introducir en el mercado europeo, y sin restricciones, productos altamente beneficiosos para su industria como son las patatas y el maíz modificados genéticamente y la carne tratada con hormonas y antibióticos.

Por delante quedan dos años de intensas negociaciones, un escenario en el que la crisis empujará a las diferentes administraciones a tomar decisiones en consecuencia y en el que están en juego los intereses y la salud de los consumidores europeos.

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